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"UN SIMPLE PROFESOR"
Es un término que escuché a raíz de las recién pasadas elecciones en la UASD en referencia a un candidato que no ganó y que hubo de conformarse con volver a las aulas.
Me impactó que este proceso, que debe ser visto como algo natural, se perciba como una degradación o humillación. Suponemos que si un maestro tiene la oportunidad de servir a la universidad desde un escritorio debe asumirlo en su correcta perspectiva TEMPORAL y el volver a servir desde las aulas debe ser su labor habitual. Acaso la docencia no es una de las funciones básicas de la academia?
Muchos de los que alguna vez ostentan un puesto, sencillamente se niegan a volver a ser “un simple profesor” y hacen lo indecible por seguir en algún cargo. Me pregunto por qué?
Presumimos que quizás tiene que ver con que al funcionario se lo trata con una dignidad y tiene unas prerrogativas y libertades que no son comparables a las que recibe el profesor.
Admitimos que las condiciones de trabajo para el profesor no son las ideales, a veces ni humanas.
Pero el profesor que ve en los ojos de sus alumnos el brillo del conocimiento y que sabe que despierta en los estudiantes las inquietudes para el cambio, no siente degradación al volver a sus clases.
El verdadero maestro, el que lo es por vocación, se alegra y enorgullece de ser simplemente un profesor.
Mtra. Ivelisse Ureña
Profesora de Psicología
Los pobres no tienen dolientes
Aquello fue surrealista. Me tocó ir con un familiar a la sala de emergencias de un hospital capitalino y les aseguro que ninguna referencia o entrenamiento en el mundo me habría preparado para lo que vi allí. Condiciones deplorables, pacientes sentados en sillas, a falta de camillas, llorando su abandono, estudiantes de Medicina corriendo de un lado a otro, tratando – eso espero- de hacer algo efectivo.
Vi a heridos y a personas enfermas, en cuyos rostros, transidos de dolor, se reflejaba también la impotencia; pero lo que me llenó de real estupor fue la actitud del personal médico y paramédico hacia los enfermos y familiares: una indiferencia que rayaba en la frialdad.
Los médicos y estudiantes de Medicina, rugían órdenes a diestra y siniestra, en voz altísima y con unas palabras que herían más que las condiciones que ellos aspiraban a sanar. Un caciquismo confundido con orden. Abuso disfrazado de disciplina.
Un señor que despejaba los pasillos pedía a las personas desalojar el área blandiendo un bate de metal en su mano derecha. Vi muchas cosas aquella madrugada, como una señora que llegó en una silla de ruedas y después de cinco horas fue acostada en una cama para morir finalmente. Uno pasa muchas horas allí y le parece a uno que están dando tiempo para que Dios o la suerte hagan lo que tenían predeterminado.
Oí a la hija de una enferma exclamar: “A los pobres no les duele nadie”, peor fue escuchar a una doctora responderle: “No son mis familiares”. En fin, me pregunto, ¿es posible que estas condiciones infrahumanas insensibilicen tanto al profesional, que demuestre tal grado de indolencia y maltrato hacia las personas que está supuesto a servir?
¿Qué condición puede endurecernos hasta forjar en nuestros corazones esa indiferencia hacia el dolor humano? Los doctores hacen todavía un juramento hipocrático, ¿verdad?
Ivelisse Ureña, M. A.
Psicóloga
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