Aquello fue surrealista. Me tocó ir con un familiar a la sala de emergencias de un hospital capitalino y les aseguro que ninguna referencia o entrenamiento en el mundo me habría preparado para lo que vi allí. Condiciones deplorables, pacientes sentados en sillas, a falta de camillas, llorando su abandono, estudiantes de Medicina corriendo de un lado a otro, tratando – eso espero- de hacer algo efectivo.
Vi a heridos y a personas enfermas, en cuyos rostros, transidos de dolor, se reflejaba también la impotencia; pero lo que me llenó de real estupor fue la actitud del personal médico y paramédico hacia los enfermos y familiares: una indiferencia que rayaba en la frialdad.
Los médicos y estudiantes de Medicina, rugían órdenes a diestra y siniestra, en voz altísima y con unas palabras que herían más que las condiciones que ellos aspiraban a sanar. Un caciquismo confundido con orden. Abuso disfrazado de disciplina.
Un señor que despejaba los pasillos pedía a las personas desalojar el área blandiendo un bate de metal en su mano derecha. Vi muchas cosas aquella madrugada, como una señora que llegó en una silla de ruedas y después de cinco horas fue acostada en una cama para morir finalmente. Uno pasa muchas horas allí y le parece a uno que están dando tiempo para que Dios o la suerte hagan lo que tenían predeterminado.
Oí a la hija de una enferma exclamar: “A los pobres no les duele nadie”, peor fue escuchar a una doctora responderle: “No son mis familiares”. En fin, me pregunto, ¿es posible que estas condiciones infrahumanas insensibilicen tanto al profesional, que demuestre tal grado de indolencia y maltrato hacia las personas que está supuesto a servir?
¿Qué condición puede endurecernos hasta forjar en nuestros corazones esa indiferencia hacia el dolor humano? Los doctores hacen todavía un juramento hipocrático, ¿verdad?
Ivelisse Ureña, M. A.
Psicóloga